Papá y mamá cuentan que mi crecimiento en el útero materno fue un poco más caótico y agobiante de lo que ellos esperaban, y suelen bromear diciendo que pasaron más tiempo en urgencias del hospital que en casa.
De hecho, mamá pasó varios días en el hospital a los cinco meses, porque al parecer una noche me puse a provocar contracciones sin darme cuenta, y quería venir al mundo antes de lo previsto. Aunque consiguieron pararme los pies, desde ese momento las contracciones fueron unas compañeras inseparables de mamá.
Según cuentan ellos dos, muchas de las veces ya tenían que ir con vergüenza a urgencias, porque normalmente los síntomas iban remitiendo según llegaban al hospital, y tenían la sensación de que los médicos les “despachaban” rápido. De hecho papá nunca lo dijo, pero en las últimas ocasiones ya pensaba para sí mismo que esa era la última vez que iba hasta que mamá se pusiera de parto de verdad.
Mamá con sus contracciones, sin embargo, ya sólo pensaba en que aquello terminara de una vez por todas. Además había una cosa curiosa que le impacientaba y desesperaba cada vez más, y es que unos médicos le decían que estaba de 39 semanas, mientras que otros decían que 41, por lo que mamá nunca sabía si le quedaban 2 semanas para dar a luz, o en realidad eran 4. Y esa incertidumbre le consumía, porque además parece que yo me acomodé a lo calentito que estaba dentro, y después de solicitar la salida durante meses, al final me quería quedar.
Pero llegó un martes en el que mamá estaba convencida de que por fin había llegado el momento, y tocó un penúltimo viaje a urgencias, donde tras una revisión, le volvieron a decir que no era el momento y se había precipitado. No obstante, pudieron contener un poco su desesperación ante la noticia de que si en dos días no se producía de forma natural, inducirían el parto.
Pasó un día más o menos tranquilo, y el segundo iba bien, hasta que mamá empezó a comportarse un tanto extraña tras cenar. Papá no decía nada pero le extrañaba que las horas iban pasando inexorablemente y mamá no daba señales de querer ir a dormir. Sencillamente, ella estaba despierta y a cada rato se ponía de rodillas sobre el sillón alegando que le aliviaba las contracciones. Esas contraccciones que llevaba sufriendo durante casi 5 meses y no eran señal de nada.
Pero llegaron las 4:30 am, y aunque no rompió bolsa, ni nada, mamá le dijo a papá “vamos al hospital, que creo que estoy de parto”.
Papá era algo escéptico, y casi no podía creer que después de meses de falsas alarmas, al final fuese a nacer de forma natural tan sólo 5 o 6 horas antes de que los médicos lo indujeran. Pero como tampoco le había parecido normal el comportamiento de mamá, no puso pega alguna, se prepararon y salieron para urgencias.
Una vez que llegamos, les atendieron bastante rápido, y la médica que dos días antes nos había confirmado que aún no era el momento, por fin dijo que yo estaba de camino, y bastante avanzado, puesto que había comenzado la marcha sin avisar.
Nos pasaron a un paritorio, y papá ante la emoción empezó a mostrarse muy colaborador con los médicos y enfermeros y a darles las gracias contínuamente por todo. Incluso le dio las gracias al anestesista, cuando “le echó” de la habitación para poner a mamá la epidural.
Y es que…aunque mamá siempre dijo que sería tan natural que ni epidural pediría, estaba tan cansada ya de todos aquellos meses de contracciones, que no se lo pensó demasiado…
(…continuará…)
